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Título: Siempre nos quedará París
Pareja: Grissom/Sara
Aclaración: los personajes pertenecen a la evil CBS.
Spoilers: temporada 10, referentes a Sara
Resumen: Grissom y Sara viven felices en París. Cuando Sara recibe un e-mail de Ecklie, su particular cuento de hadas peligra.


Oculto tras dos torres se halla un científico enamorado. Francés e inglés se entrecruzan en su cerebro, produciendo así un atasco de palabras que impide a cualquier pensamiento avanzar en la dirección deseada. En su mano izquierda tiene un examen escrito con letra tan ilegible que no puede evitar pensar que está escrito por un hombre del antiguo Egipto, pues parecen intrincados jeroglíficos. En su mano derecha hay un bolígrafo agonizante, mareado de tanto viaje de arriba abajo y de abajo arriba. Su pelo canoso y enmarañado apenas asoma en medio de ambas torres, y sus ojos azules se encuentran ocultos tras los cristales sucios de unas gafas que debería haber cambiado meses atrás, antes de aceptar una plaza como profesor en la Sorbona.

El aroma del café caliente despierta un poco sus sentidos y arranca su atención de los abominables errores ortográficos, presentes en la última pregunta.

-Bebe un poco, tómate un descanso.

-No puedo, Sara. Debo tener esto corregido para pasado mañana –replica Grissom sin moverse ni un centímetro.

-¿No puedes tomarte ni siquiera unos pocos minutos? Creía que te gustaba el café que preparo –dice Sara, inclinándose ligeramente sobre la mesa.

-Huele maravillosamente, no te lo discuto.

-¿Grissom…?

-Dime, querida.

-Mírame –le pide Sara con firmeza.

-¿Mirarte? –pregunta Grissom, un tanto distraído, y levanta poco a poco la cabeza hasta tener su mirada en línea recta con el escote de Sara-, ¿por qué me pides que te…mi… re? Ah.

-Sí, Grissom. “Ah” es la palabra –comenta Sara con sorna mientras observa como su marido es incapaz de apartar la mirada del cuerpo de ella, adornado con el último conjunto de lencería que el despistado científico le regaló la semana pasada.

-Estooo…

-¿Sí?

-De acuerdo. Me tomaré ese descanso que dices.

-Muy bien, herr Doktor. Pero lo primero es lo primero: tómate la taza antes de que se enfríe. Si luego te constipas, no me rindes igual, ni a tus alumnos tampoco.

Cincuenta y seis años y un doctorado, pero Grissom sigue siendo un hombre. El laberinto de preguntas y respuestas en su cabeza ha sido reemplazado velozmente por la imagen de Sara enfundada en el sexy conjunto de Victoria’s Secret que había encargado con el acertado consejo de un alumno de su clase. La imagen de su Venus de Milo particular brillando con fuerza en su mente acompaña el cálido y sabroso café que baja danzando por su garganta, proporcionándole un calor inmediato, al tiempo que siente cómo su percepción mejora.

Cuando solo quedan en el fondo de la taza los posos del café, Sara rodea ese campo de batalla en que ha convertido Grissom su mesa de trabajo, y se sienta con delicadeza en su regazo.

-Ayer recibí un e-mail de Ecklie –comenta Sara, con la mirada ausente.

-Esa es buena.

-¿Por qué? –pregunta ella, extrañada.

-Porque de repente los enredos políticos no son suficientes para el bueno de Conrad Ecklie. ¿Te acuerdas de cuando descubrió que tú y yo teníamos una relación sentimental? No pareció ni una pizca de interesado en el tema, era más bien como “voy a librarme de esto cuanto antes” Apuesto a que se muere por saber cómo nos va –cuenta Grissom, guiñando un ojo.

-¡Qué tonto! –Sara ríe -. No es eso. Me pregunta si puedo volver a Las Vegas para trabajar en el turno de noche.

-¿Otro caso difícil? Ya estuviste hace un mes.

-En realidad no es solo un caso. Él… -hace una pausa, sabiendo que puede herir a Grissom-, él me pide que vuelva…

-Eso ya me lo has dicho.

-… indefinidamente –Sara termina la frase mirando hacia la oscuridad del cuarto contiguo, como deseando que éste la devore entera para no salir jamás. ¿Cuántas veces Grissom ha perforado el corazón de ella? Unas cuantas. Y ahora ella inicia su propia cuenta.

-Por tu expresión, diría que ya has tomado una decisión –dice Grissom muy bajito, esperando que así lo que dice sea menos cierto-. Te vas.

Sara no contesta, ni con palabras ni con gestos. Permanece inmóvil.

Grissom, por su parte, se encuentra igual de quieto que ella. No quiere entender las palabras que acaba de oír, pero ya es tarde y han formado un mensaje bien claro: Sara se marcha. Otra vez. De repente se siente un idiota, un sabio que no sabe nada, un investigador sin retos. En un solo instante comprende cómo se debió sentir Sara en las ocasiones en que él la rechazaba o se comportaba como el tonto emocional que solía ser hasta que decidió darse una oportunidad.

La alarma de la lavadora suena, cual salvación momentánea.

-¡Bueno, es hora de tender la ropa! –Sara se aleja nerviosa de Grissom, sin atreverse a mirarlo.

Grissom se alegra de que Sara haya ido a tender la ropa y así no sea testigo de la caída de su bolígrafo al suelo, ni de cómo barbilla y esternón se tocan de manera irresistible. Con Sara fuera de la pequeña oficina, experimenta una extraña libertad y sin pretenderlo, las lágrimas asoman en sus ojos, buscando una salida, silenciosas como un ladrón profesional. No quiere llorar pero está a punto de hacerlo y la situación le resulta tan extraña y nueva que, a pesar de lo vivido, cree que está vez no podrá pararlo y será otro de esos hombres de pelo cano que lloran la pérdida de su joven amante.

Sara se va. A la otra punta del charco. Solo que para Grissom el “charco” no deja de ser millones y millones de litros insalvables que le separarán de su amada por quién sabe cuánto tiempo. Y se siente estúpido porque debió verlo venir, porque Sara siempre fue esa joven científica con toda la vida por delante a la que él trató demostrar que su vida estaba mejor sin él, pero ella decidió siempre amarlo sin importar las trabas que la propia vida y el mismo Grissom pusieran en medio. Y ahora se va.

¿Sólo estúpido? No. Además se siente indefenso cual recién nacido, vulnerable, y muy solo. Con todo lo que le ha costado dejarse querer y…

-¿Gil? ¿Estás bien? –Sara le abraza por detrás y trata de adivinar la expresión de Grissom, que aún tiene el rostro hundido en su bata.

-Sí –consigue contestar él con una voz un poco débil.

-No me lo parece –replica Sara rodeando a Grissom para estar frente a frente.- Nunca te había visto así.

-Bueno, eso puede ser porque nunca me habías…

-¿Dejado? Creía que lo habíamos hablado y estaba todo aclarado. Siento mucho lo que hice pero no me sentía nada, nada bien. No encontraba otra solución en aquel momento.

-¿Y ahora no te sientes bien? –Grissom la mira fijamente, dolido pero también un poco enojado-. Creía que por fin estábamos bien, que teníamos nuestro “final feliz”

-Y lo tenemos –afirma Sara-, solo que… no sé, precisamente porque estamos bien creo que puedo volver a Las Vegas. me haces sentir bien. me has enseñado que no hace falta estar todo el tiempo del mundo con la persona a la que amas si sabes que está ahí, para ti, si la sientes contigo en todo momento-. Suspira y acaricia despacito a Grissom en las sienes.

-Lo sé. Es solo que esto es de algún modo nuevo para mí y no sé ni lo que siento ni cómo expresarlo.

-Gilbert y su pequeño caparazón –Sara le mira, comprensiva.

-Es culpa tuya que sea así de pequeño –Grissom acerca sus manos hasta casi tocarse.

-Oye… Realmente no tengo por qué ir, eh. Me quedaré contigo, si eso te hace feliz dice Sara en un tono de voz inseguro.

-No, Sara, haz lo que debas –asegura Grissom mientras retiene las manos de Sara en las suyas-. Ve si quieres ir.

-Pero… -Sara enmudece. Esto no es lo que esperaba. Durante las horas en que meditaba contarle a Grissom sus intenciones, siempre pensó que él se enfadaría o que la relación de ambos acabaría definitivamente; y siempre creyó que se lo merecía por huir cobardemente de Las Vegas un año antes. No sabía por qué pero quería aceptar el puesto que Ecklie le ofrecía, aun sabiendo que eso le haría daño a Grissom, y consciente de que le haría daño a ella también.

-Verás, Sara. A pesar de todo el conocimiento que he ido adquiriendo con el paso del tiempo y de todo lo que hemos pasado juntos, con estas situaciones estoy en pañales. No puedo recurrir a Shakespeare porque no consigo recordar ningún soneto suyo ahora mismo, y la física tampoco puede explicar lo que me pasa por la cabeza. Ni los insectos pueden, y si ellos no pueden no sé cómo… -Grissom para un instante, intentando ordenar sus pensamientos-. Yo siempre haré lo que tú me pidas, sin importar lo que sea, y si tú quieres ir a Las Vegas y volver a trabajar como criminalista, lo respetaré.

No deja de ser una bonita escena. Sara en ropa interior y batín. Grissom en pijama y bata. Sara con una tonta sonrisa en la cara porque no puede creer la increíble suerte que ha tenido de cruzarse en su vida con un hombre como él. Grissom mirándola con sus ojos azules, sorprendido, es consciente de que el futuro no pinta tan negro como puede parecer y que, de algún modo, el científico hallará tiempo para ver a su damisela.

Fuera, el cielo oscuro comienza a descargar una fina lluvia que acaricia las superficies parisinas y proporciona un fondo de postal para una situación inesperada.

Dos semanas más tarde, una maleta enorme y un bolso de mano grisáceo, muy usado, esperan su turno al lado de la puerta. Es la noche de un sábado y dos cuerpos abrazados miran en silencio la película “Casablanca”.

-¿Tú crees realmente que lo suyo era un amor imposible? –pregunta Sara cuando aparecen los créditos finales, aprovechando para arrimarse un poco más si puede junto a Grissom.

-Bueno, ambos tomaron sus decisiones y debían seguir adelante. No es algo tan complicado.

-Yo creo que la vida por sí misma no es complicada, somos nosotros quienes la hacemos complicada. Nos ponemos obstáculos porque sí, como si tuviéramos una vena suicida o algo parecido.

-La apoptosis a gran escala –dice Grissom, sonriendo.

Sara se queda mirándolo, como intentando encontrar frases perdidas en el camino de su mente a su boca. Palabras desordenadas porque acuden en tropel cuando por fin las encuentra.

-Volveré –acierta a decir, por fin.

-Querida, esa frase es de otra película –le corrige Grissom-. Greg me lo contó.

-¿En serio? –pregunta Sara, divertida ante la ocurrencia de su marido-. ¿Habláis a escondidas? Vaya, vaya.

-Está empeñado en mandarme correos electrónicos todas las semanas para, según él, poner al día mi particular hemeroteca –Grissom ríe y arrastra con sus risas a Sara, quien pronto se encuentra riendo a carcajadas.

-No, yo me refería a que volveré, en vacaciones. Tomaré todos los días de vacaciones a los que tenga derecho y vendré contigo, siempre.

Grissom la besa entonces con ternura, saboreando los suaves labios de Sara y percibiendo ese suave aroma a palomitas. Un aroma que permanecerá siempre con él cada mañana que se levante, cada clase que imparta, cada paseo que dé por alguno de los parques de París o cada taza de café que se prepare.

Cuando al día siguiente Grissom mira a través de las enormes ventanas hacia el avión que despega de la pista, su mente se divide entre su vida con Sara y Rick Blaine. Grissom no se siente como Blaine.

-Sí, siempre nos quedará París –susurra para sí mismo-. Pero Sara volverá.

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Tags: fanfiction, grissom/sara, gsr
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